La calidad de Uber bajó con los pagos en efectivo

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Resulta lamentable que su cultura de innovación esté dañando el servicio que se presta. Opinión.

Nunca he sido partidario de satanizar a Uber. A pesar de mis numerosas diferencias con su agresiva cultura de innovación, que no disimula su desdén por las normas de los países en donde opera, no dudo que el servicio que se propone prestar en las grandes ciudades del mundo es notablemente superior al que había antes. Por eso es que resulta lamentable que su agresiva cultura de innovación esté dañando el servicio que se propone prestar.

Como muchas otras empresas, Uber necesita ampliar su mercado. América Latina es un terreno idóneo para eso, pero enfrentan aquí el problema de un amplio segmento de población que no usa tarjetas de crédito. La decisión de recibir efectivo es la solución que halló Uber.

Es también un error. No solo porque es un desafío a las autoridades, que llevan meses señalando que los particulares no pueden prestar así no más el servicio de transporte público de pasajeros, sino porque confirma sus denuncias. El intercambio de dinero entre pasajeros y conductores a cambio del servicio efectivamente convierte a cualquier vehículo en un carro pirata y expone a ambos a las mismas preocupaciones de seguridad.

En el propósito de ampliar su mercado, Uber ha comenzado a replicar los males que prometió resolver. Conductores que –a cualquiera le pasa– se ven sin sencillo para dar vueltas, o que llaman al usuario para que camine hasta donde ellos están. Incluso hay quién pregunta ‘para dónde va’ aunque -hay que decirlo- hasta ahora no he escuchado del primer ‘por allá no voy’. En cambio, sí he oído una variedad de casos de conductores cada vez menos experimentados, en carros cada vez menos cómodos o seguros. Eso por no hablar de la omnipresente tarifa dinámica.

El pasajero promedio, estoy seguro, seguirá usando el servicio. Pese a los efectos de su estrategia, Uber sigue beneficiándose de la innegable eficiencia de su plataforma y del invaluable carisma de la mayoría de sus conductores.

Pero no son los conductores los llamados a proteger a la empresa, sino al revés. Aunque el Gobierno ha sido, qué duda cabe, permisivo a la hora de aplicar controles, corresponde a Uber buscar una regulación de su presencia en el país que proteja a conductores y usuarios y que sea un ejemplo de innovación respetuosa. Así, la gente no tendría que esconderse para usarlo y nuestras ciudades le estarían, de verdad, en deuda.

 

WILSON VEGA – Editor Tecnósfera

Fuente: El Tiempo

 

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